
Una gran arma de paz*
Eran tiempos de guerra aquellos, de calles abandonadas, de puertas y ventanas cerradas y de una niebla de humo constante que cada día se veía más en aquel inhóspito lugar.
La gente ya había olvidado la imagen de las calles, tan solo permanecían dentro de su casa sin salir a fuera desde hacía más de un año.
Lucía era mi nombre con tan sólo siete años, la más pequeña de casa, y según mi familia era la que traía más felicidad a casa.
Éramos una familia que adoraba la música, ya que mi hermana, mis dos hermanos y yo habíamos tenido un aprendizaje constante en éste aspecto; era nuestra única cultura transmitida por mi padre, que en aquellos tiempos de amargura, se había ido a la guerra desde hacía más de un año, con mi hermano mayor Alex, de 18 años, y no sabíamos nada de ellos.
Desde su ausencia, la familia ya no era lo mismo, la música se había esfumado de nuestros corazones y ni tan sólo cantábamos una sola canción; era una pesadilla.
Día tras día, la amargura nos comía aún más; solo teníamos la esperanza de esperar, que nos dejaba vivir calmados ésta historia tan real y horripilante que estábamos sufriendo.
La gente ya había olvidado la imagen de las calles, tan solo permanecían dentro de su casa sin salir a fuera desde hacía más de un año.
Lucía era mi nombre con tan sólo siete años, la más pequeña de casa, y según mi familia era la que traía más felicidad a casa.
Éramos una familia que adoraba la música, ya que mi hermana, mis dos hermanos y yo habíamos tenido un aprendizaje constante en éste aspecto; era nuestra única cultura transmitida por mi padre, que en aquellos tiempos de amargura, se había ido a la guerra desde hacía más de un año, con mi hermano mayor Alex, de 18 años, y no sabíamos nada de ellos.
Desde su ausencia, la familia ya no era lo mismo, la música se había esfumado de nuestros corazones y ni tan sólo cantábamos una sola canción; era una pesadilla.
Día tras día, la amargura nos comía aún más; solo teníamos la esperanza de esperar, que nos dejaba vivir calmados ésta historia tan real y horripilante que estábamos sufriendo.
Un día de Enero, muy frío y tormentoso, nos llegó el cartero a casa, desconsolado y con principios a llorar. Nos llegaba una carta de un país asiático muy extraño, y junto a ella, mi hermano mayor, que nos anunciaban la terrible enfermedad de mi padre y que sino tenían el dinero sifuciente cómo para pagar un médio, lo afusilarian.
El silencio que penetró nuestra casa en aquél momento, lo recordaré toda la vida, y los gritos y lloros que venían desconsoladamente seguidos de aquél terrible instante.
El silencio que penetró nuestra casa en aquél momento, lo recordaré toda la vida, y los gritos y lloros que venían desconsoladamente seguidos de aquél terrible instante.
Días más tarde, nos enviaron el permiso de ausencia de Alex a casa, para advertirle que sólo lo quedaban seis días, y que empezara a hacer las maletas otra vez para irse a otro país. Debajo de la carta y con letras muy pequeñas, nos anunciaban que los demás no tenimos el permiso para salir de nuestro país porqué con guerra no era demasiado fiable viajar por el mundo y las fronteras estában cerradas, así que teníamos que esperarnos a casa, y que el dinero sólo lo llevara Alex. Pero si no se salvase papá, nunca más lo podríamos volver a ver, ¿Qué haremos? era la pregunta clave de todos. Esto para mi madre, fue un golpe muy fuerte en el corazón, y sin decir nada y levantándose muy despacio, se fue a su habitación y no nos dijo nada más hasta la mañana siguiente.
Mi hermana Paula, ya no pudo aguantar más esta agonía. No quería enfrontarse a la realidad de no volver a ver nunca más a su padre, hasta que se le ocurrió una idea lo bastante incrédula como para decirla en voz alta, tal i como estábamos; escaparnos los cuatro hermanos y mamá a Japón, el país que yo encontraba estraño, y hacerle un motivo de grandeza a nuesto padre y pagarle si podíamos un médico. Pero la cuestión era; ¿cómo lo haremos, si somos una familia de clase muy baja y ni tan sólo tenemos el permiso para salir de nuestro país?
Por muy buena inteligencia que tuviera mi hermana, la estrategia no saldría bien. Era imposible hacer tal cosa, al menos que recaudásemos dinero haciendo cualquier cosa, como por ejemplo hacer música por las calles o por los parques, pero con el azar de ser asesinado por los Fran tiradores.
Y sí, ésta fue mi idea. ¿Quién se iba a imaginar que la hermana pequeña tuviera tan maravillosa y peligrosa idea cómo aquella?
A la madrugada del día siguiente, cogimos nuestros queridos instrumentos y nos fuimos a la plaza principal de nuestro pueblo. Eran unos instrumentos viejos de algo más que segunda mano, con un sonido un poco gastado, que en aquél tiempo, no tenían ningún valor monetario cómo para venderlos.
A las ocho en punto de la mañana, con sonido de tiros y barullo en las altas montañas, nos pusimos a tocar la primera canción compuesta por papá. La gente no osaba salir de sus casas, más bien cerraban herméticamente las puertas para aislarse de el barullo de tiros y gritos que se oía en las altas montañas.
Nos estuvimos aproximadamente una hora y media tocando piezas compuestas por nuesto padre, cuando se empezaron a oír ventanas que se abrían, sonrisas en la cara de la gente, miradas de felicidad, unos enormes aplausos y sobre todo, la cara alegre de nuestra madre, que hacía mucho tiempo que no sabía el que era sonreír.
El pueblo nos daba dinero, nos daban las gracias por haber traído la felicidad a su ciudad, pero lo único que no sabían, era que el músico más conocido de aquellas tierras, nuestro padre, estaba a punto de morir. Y fue aquí cuando las caras de ilusión se convertían en desesperación, y agonía, y cuando les explicamos que gracias a su dinero, partíamos hacia Japón unos meses para estar con él, a replicarle que no está solo, y que la guerra nunca nos separará. Y aquí nos fuimos con una gran despedida a los vecinos, hacia casa.
Al llegar a casa, contentos porque por fin veríamos a papá, hicimos las maletas muy rápidamente y la mañana siguiente, ya estábamos de camino hacia Japón, traspasando las fronteras como pudimos y con muchas ganas de llegar. Estuvimos doce largos y cansados días a llegar a nuestra destinación, ya que varios tramos los hacíamos a pie, pero no nos esperábamos la sorpresa tan grande que nos esperaba; papá había fallecido un día antes de nuestra llegada, al encontrárnoslo en el suelo de una ciudad tirado en medio de una calle junto a otros cadáveres con una enorme mancha de sangre que les recorría todo el cuerpo.
Una enorme desesperación nos impulsaba a llorar y a gritar encima de él, sobre una herida muy grave que tenía al corazón, y los golpes que había sufrido a causa de un Fran Tirador, que lo había fusilado.
En aquél horrible momento, muy despacio y lloriqueando, cogí a mi violoncelo con mucha cura, me senté a un trozo de piedra ya muy gastado por tiros, y empecé a tocar la última canción que había compuesto mi padre; la canción más bella del compositor.
Todos mis hermanos se giraron, pararon de llorar y con una sonrisa triste, sacaron sus instrumentos y se añadieron a la canción muy despacio, hasta que las caras de miles de personas llorando alrededor de los cadáveres de sus familiares se giraron también, se pusieron dibujando el signo de la paz alrededor de nosotros el cual se observaba des de el territorio de los Fran tiradores con aquella música tenue y triste.
Aquí la vida de muchos ciudadanos del mundo cambió; parece una cosa imposible, pero no, no lo era. La guerra terminó en aquél mismo día simplemente por las caras felices de la gente que derrotaban a las tristes.
Mi hermana Paula, ya no pudo aguantar más esta agonía. No quería enfrontarse a la realidad de no volver a ver nunca más a su padre, hasta que se le ocurrió una idea lo bastante incrédula como para decirla en voz alta, tal i como estábamos; escaparnos los cuatro hermanos y mamá a Japón, el país que yo encontraba estraño, y hacerle un motivo de grandeza a nuesto padre y pagarle si podíamos un médico. Pero la cuestión era; ¿cómo lo haremos, si somos una familia de clase muy baja y ni tan sólo tenemos el permiso para salir de nuestro país?
Por muy buena inteligencia que tuviera mi hermana, la estrategia no saldría bien. Era imposible hacer tal cosa, al menos que recaudásemos dinero haciendo cualquier cosa, como por ejemplo hacer música por las calles o por los parques, pero con el azar de ser asesinado por los Fran tiradores.
Y sí, ésta fue mi idea. ¿Quién se iba a imaginar que la hermana pequeña tuviera tan maravillosa y peligrosa idea cómo aquella?
A la madrugada del día siguiente, cogimos nuestros queridos instrumentos y nos fuimos a la plaza principal de nuestro pueblo. Eran unos instrumentos viejos de algo más que segunda mano, con un sonido un poco gastado, que en aquél tiempo, no tenían ningún valor monetario cómo para venderlos.
A las ocho en punto de la mañana, con sonido de tiros y barullo en las altas montañas, nos pusimos a tocar la primera canción compuesta por papá. La gente no osaba salir de sus casas, más bien cerraban herméticamente las puertas para aislarse de el barullo de tiros y gritos que se oía en las altas montañas.
Nos estuvimos aproximadamente una hora y media tocando piezas compuestas por nuesto padre, cuando se empezaron a oír ventanas que se abrían, sonrisas en la cara de la gente, miradas de felicidad, unos enormes aplausos y sobre todo, la cara alegre de nuestra madre, que hacía mucho tiempo que no sabía el que era sonreír.
El pueblo nos daba dinero, nos daban las gracias por haber traído la felicidad a su ciudad, pero lo único que no sabían, era que el músico más conocido de aquellas tierras, nuestro padre, estaba a punto de morir. Y fue aquí cuando las caras de ilusión se convertían en desesperación, y agonía, y cuando les explicamos que gracias a su dinero, partíamos hacia Japón unos meses para estar con él, a replicarle que no está solo, y que la guerra nunca nos separará. Y aquí nos fuimos con una gran despedida a los vecinos, hacia casa.
Al llegar a casa, contentos porque por fin veríamos a papá, hicimos las maletas muy rápidamente y la mañana siguiente, ya estábamos de camino hacia Japón, traspasando las fronteras como pudimos y con muchas ganas de llegar. Estuvimos doce largos y cansados días a llegar a nuestra destinación, ya que varios tramos los hacíamos a pie, pero no nos esperábamos la sorpresa tan grande que nos esperaba; papá había fallecido un día antes de nuestra llegada, al encontrárnoslo en el suelo de una ciudad tirado en medio de una calle junto a otros cadáveres con una enorme mancha de sangre que les recorría todo el cuerpo.
Una enorme desesperación nos impulsaba a llorar y a gritar encima de él, sobre una herida muy grave que tenía al corazón, y los golpes que había sufrido a causa de un Fran Tirador, que lo había fusilado.
En aquél horrible momento, muy despacio y lloriqueando, cogí a mi violoncelo con mucha cura, me senté a un trozo de piedra ya muy gastado por tiros, y empecé a tocar la última canción que había compuesto mi padre; la canción más bella del compositor.
Todos mis hermanos se giraron, pararon de llorar y con una sonrisa triste, sacaron sus instrumentos y se añadieron a la canción muy despacio, hasta que las caras de miles de personas llorando alrededor de los cadáveres de sus familiares se giraron también, se pusieron dibujando el signo de la paz alrededor de nosotros el cual se observaba des de el territorio de los Fran tiradores con aquella música tenue y triste.
Aquí la vida de muchos ciudadanos del mundo cambió; parece una cosa imposible, pero no, no lo era. La guerra terminó en aquél mismo día simplemente por las caras felices de la gente que derrotaban a las tristes.
Y ahora con ochenta y cinco años, estoy satisfecha de haber sacado en aquél momento el violoncelo y con mis hermanos retomar la paz y la felicidad a un mundo triste y destrozado por la agonía que quizás ahora ya no existiria.

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